Marruecos

#DEM #diariodeunespañolporelmundo #unespañolenmarruecos #marruecos

En 2011 me encontraba trabajando en España y sumido en la rutina del día a día decidí con un par de amigos visitar a nuestro vecino del sur. La idea era pasar allí un par de días y cambiar un poco de aires. Todas los amigos que habían visitado Marruecos nos contaban lo chocante que les había resultado encontrar algo tan exótico a tan sólo media hora de avión. En aquel momento las líneas de bajo coste hacían furor en España. Y por unos sesenta euros, junto con mis amigos Perico y Salvador, compramos unos ticket a Marrakech.

Ya en el avión conversaba con Salvador acerca de una de las últimas polémicas con estás aerolíneas. ¿Cuanto estarían apurando el queroseno para un viaje de tan corta duración? Pero éste, después de una semana de intenso trabajo, cerró los ojos un segundo y se quedó dormido. El cansancio hacía mella. Me puse a tomar algunas notas en el diario para más tarde escribir pero mi amigo Perico me distrajo. Estaba tonteando con una de las azafatas e indicándole que le trajera otro vino pero la joven confundida le espetó que ya era demasiado tarde para eso. De súbito el tren de aterrizaje hizo contacto con la pista de aterrizaje y el fuerte golpe despertó a Salvador.

Al detenerse el avión vi como mis amigos miraban a unas españolas que habían embarcado justo antes que nosotros. Decidí romper el hielo y prestarme a ayudarles bajando las maletas de los compartimentos. Mantuvimos una conversación breve y nos comentaron que también eran de la misma ciudad que nosotros.

Al salir de la avión recorrimos los largos pasillos de la aduana y ya percibimos la diferencia con los aeropuertos españoles, más proclives al terrazo y a las paredes de mármol. No estábamos ni a una hora de avión de la península y todo parecía muy exótico y lejano. Allí estaba todo cubierto de ladrillo blanco con ornamentaciones verdes y tonalidades parduzcas. Se formaron varias colas en inmigración y Salvador, que iba delante, se fue derecho a la primera cola que encontró. Sin embargo, Perico que ya se había percatado de dónde estaban las chicas españolas, le agarró de la mochila para que se pusiera en su cola.

-Chaval, en esa cola no hay más que viejos.

La cola se movía bastante rápido y pudimos ver como cuñaban el pasaporte de las chicas y éstas se iban directas a cambiar dinero. Avanzamos con impaciencia y al finiquitar los trámites de la entrada nos fuimos directos hacia donde se encontraban. Perico les preguntó por donde se podía salir por la noche, y entre risas, qué planes tenían. Al final picando piedra acabaron dándole su móvil. Después nos fuimos y ellas se quedaron cambiando dinero.

-Vamos a coger el bus que es más barato -les comenté- mientras un taxista se me acercaba ofreciéndome ir en taxi.

Me fui directo a la parada del bus y dos taxistas vinieron tras de mí.

-Por 40 dírhams te llevamos, más barato que el autobús, ¡más barato!

-No, no, que voy a coger el autobús -les dije tratando de quitármelos de encima. Di unos pasos más entre los taxistas que ya me cortaban el paso y al girar la cabeza para ver donde se encontraban mis primos vi como unos taxistas ya había cogido la maleta de Perico e insistían en meterla en el maletero mientras Perico y Salvador aún negociaban el precio.

-¿Pero qué hacéis? ¿No vamos en bus? –dije acercándome al taxi.

-Es que a lo mejor esto nos sale más barato –dijo Perico. ¡Si es que son tres euros!

Al escucharlo en mi divisa entendí que nos compensaba coger un taxi. ¡Qué barato es Marruecos!

Perico y yo veníamos con ganas de negociar y Marruecos es un lugar donde tienes que regatear. Culturalmente no conciben la venta de otra manera. Y siguiendo las recomendaciones de los amigos que habían visitado Marruecos empezamos a ofertar una tercera parte del precio que nos pedían. Después de quince minutos Salvador, muerto de calor dijo que nos metiéramos en el coche y nos calláramos de una vez.

-Llevamos media hora discutiendo por veinte céntimos a pleno sol.

Después de muchos gritos, puesto que otros taxistas con los que habíamos hablado se sentían traicionados, nos subimos en el taxi. El mercedes, amarillo mate, con mas de un millón de kilómetros salió del aeropuerto petardeante; dejando a los taxistas bajo una gran humareda.

Empezaba nuestro viaje…

El taxista pitaba a todo el mundo, dando pequeños golpes en el claxon para avisarles. Algo así como diciendo “cuidado que ahí voy”. Las carreteras, sin apenas líneas visibles, eran cruzadas por multitud de personas en bicicleta o andando en un auténtico caos. Mirábamos por la ventana curiosos, eran las seis de la tarde, oscurecía y a los viandantes las chilabas les daban un aspecto siniestro.

Entramos en la ciudad de Marrakech y el caos del tráfico se intensificaba. El mercedes se abría paso por una jungla asfáltica donde nadie parecía respetar ningún semáforo. Los transeúntes cruzaban la calle desde cualquier lugar y los ciclomotores rodeaban el coche por todas partes. Nos pilló un atasco considerable.

Cuando llegamos a la peor calle de todas las que habíamos recorrido el taxista frenó y nos dijo.

–C’est ici l’hôtel messieurs.

Miramos a través de la ventana sorprendidos. Aquello daba más miedo que el Bronx.

Salvador salió por la puerta izquierda y casi lo atropella un ciclomotor. Perico y yo salimos por la parte derecha y sacamos con ayuda del taxista los bultos del maletero.

Era una calle, como casi todas, sin iluminación y nos miramos unos a los otros pensando: No puede ser aquí.

Perico le preguntó al taxista si estaba seguro y el buen hombre dijo.

–Oui c’est ici –después nos cobró lo acordado y desapareció.

Agarré mi maleta y cuando me quise dar cuenta tenía a dos hombres detrás. Dos vagabundos que habían salido de la más completa oscuridad. Desorientados les preguntamos dónde estaba el hotel. A penas veíamos nada y no había números en los portales. Nos indicaron que estaba allí mismo. El hotel Rihad tenía una pequeña puerta desconchada y las luces apagadas. Al no encontrar el timbre tamborileé la puerta con timidez. No hubo respuesta. Perico insistió con más alegría pero nadie contestaba.

A los pocos segundos escuchamos un trasiego de cerrojos. Un joven, al que indudablemente habíamos despertado, nos abrió con cara de estar muriéndose de sueño. Brahim nos dejó pasar, entramos todos, los vagabundos también. Mientras hacía el check-in con Salvador; Perico se percató de que los tenía pegados a la espalda. Intuyó que buscaban propina a pesar de que no la merecieran por el breve servicio. Salvador escarbó en sus bolsillos y entre bolígrafos y tarjetas de embarque les dio unas monedas.

–Ahora que lo pienso –dijo Perico acercándose a la recepción– no sé ni de donde narices eran esas monedas. Pero desde luego de aquí no –después rompió a reír.

El hotel tenía un patio interior con una fuente muy amplia; donde el agua, realimentada por medio de unos chorros, daba una sensación de paz. Las paredes estaba revestidas de cerámica y las columnas formaban arcos de herradura. El resto vestíbulo estaba decorado con enredaderas y flores de forma muy discreta.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *